Me tiré a mi vecino

Me tire a mi vecino

Siendo yo la insinuante y aprovechando que su mujer había salido para toda la tarde a ver a sus nietecitos, que dicho sea de paso, son unos verdaderos angelitos. Este vecino mío es más bien feo, delgado, sin ser musculoso, pero sin embargo ganó a su mujer por su gran educación y comportamiento, sin embargo no sé porque yo estaba, y estoy, encaprichada de él y tenía muchas ganas de tirármelo.
Es hombre de oficina, lo que no le priva de ser un verdadero manitas. No hay cosa de la casa que no pueda arreglar, según me había contado su esposa ya que según ella era un enamorado del bricolaje.  Llevaba yo muchos días pensando de que modo lo podría traer a casa y con que escusa, cuando aquel día, al dejar el ascensor me encontré que su mujer lo cogía explicándome que salía a visitar a sus nietos pues hacía tiempo que no los veía, y que volvería ya oscurecido.Se cerró la puerta del ascensor y yo entré en mi casa, dándole vueltas a la cabeza y…. ¡ya está!, destapé la máquina de coser y me puse a coser slip –es una prenda que me gusta hacerla pues coso para una firma de ropa interior masculina, a cuya firma les gusta como les trabajo– .
Quebré la aguja y dejé todo tal como estaba. Me levanté y fui a tocar en la puerta de mi vecino, a los pocos segundos se abrió la puerta y me saludó. Estaba solo en pantalón de deporte, de color blanco. En su pecho se marcaban perfectamente sus costillas, debido a su delgadez natural. Me saluda con un hola, y yo le explico el motivo de mi presencia, que se me ha roto la aguja de la máquina de coser y no puedo cambiarla porque el tornillo está muy apretado. Yo previamente me había quitado la ropa de calle y estaba con un vestidito muy ligero que se transparentaba y no llevaba prendas interiores, solamente este vestidito. –Eso no es problema, me dice. Si tiene repuesto yo se la cambio prontamente. Cerró su puerta y pasamos a mi casa, dirigiéndonos al cuarto donde estaba cosiendo, mientras él me decía: –Debí cambiarme de pantalones, y ponerme alguna camisa pues no es correcto pasar a su casa de esta forma vestido. –Por favor, va usted muy bien, y hay confianza para ello ya que somos vecinos muchos años.
Y a propósito, creo que ya deberíamos tutearnos, no te parece Carmelo.–Yo nunca me hubiera atrevido, pero de aquí en adelante te tutearé, con tu permiso, Solita. Se sentó ante la máquina y me pidió que quitara la prenda, para evitar que pudiera mancharse o estropearse. Le dije donde estaban las herramientas de la máquina y las agujas de repuesto. Abrió el cajón y sacó lo necesario y en cinco minutos todo estaba arreglado y la máquina funcionando perfectamente, pues el mismo hizo un cosido con un pedazo de retal que le proporcioné. –No sé como podría pagarle, bueno, quiero decir pagarte, Carmelo.–Con haberte sido útil, estoy pagado, amiga Solita. –Bueno, pero como eres una persona muy educada y sabes guardar las confidencias, permíteme que te diga, que yo, con 31 años que tengo, aún no se nada de sexo y me gustaría que tu, si no tienes inconveniente me lo explicaras ahora.
Mujer, eso es algo que no me correspondería a mi decírtelo, ya sabes que soy casado y que te llevas muy bien con mi señora, si ella se enterara tendríamos problemas los dos. –No puede enterarse, porque tu no se lo dirás y yo tampoco pienso decírselo, así más bien compadéceme y para empezar enseñame tu pene, pues jamás he visto uno, solo en los vídeos pornos mexicanos que veo por Internet. –No se todavía si debo hacerlo, pero mira, te lo voy a enseñar ya que me has puesto unas razones convincentes. Se sentó en el sofá y me invitó a que me sentara a su lado: –Así la verás mejor, pero te prevengo que ahora la tengo, digamos…, mustia, y creo que así es mejor, porque puesto a enseñarte podrás ver al natural como crece, en el momento que me la toques un poquito nada más. Se bajó los pantalones, ¡no llevaba slip!. Y quedó al descubierto un miembro flácido de poca dimensión. Me dijo: –Tócalo pasándole la mano suavemente. Así lo hice y pude ver como a cada pasada crecía, se alargaba y engordaba, alcanzando una longitud exagerada y desproporcionada con arreglo al delgado cuerpo de mi vecino que me puso en duda si esa cosa tan grande cabría en mi intimidad.
Cuando ya se quedó de tal guisa él me dijo:–¿Qué más quieres saber o quieres ver?. –¿Es que hay más que ver?. –Claro, mira por bajo y verás la bolsa testicular. –¿Y eso que es?, pues parece que guarda algo. –Si guarda dos testículos, a los que el vulgo le da otros nombres, como huevos, güevos, bolas, cojones, etc. –¡Oye! ¿Y todo eso entra en el aparato de la mujer?. –No, solamente te entra el pene, lo demás se queda en la puerta. ¡Ay!, Me están dando unas ideas. –Solita, sé las ideas que son, le pasa lo mismo a mi mujer en cuanto lo ve tieso y gordo. Cuando tu quieras lo pruebas, aquí mismo en el sofá tiéndete boca arriba.  –No, dije yo. Ya que lo voy a probar por primera vez, vamos a la cama, –Me parece bien, estaremos más cómodos, Solita preciosa.
Me acosté mirando al techo, él me separó las piernas y se acostó a mi lado empezando por tocarme mis senos y luego bajó su mano para acariciar mi sexo, el que sentía húmedo como nunca lo había tenido. De pronto dio un giro y quedó montado sobre mí; fue entonces cuando yo noté su pene en la puerta de mi intimidad que pugnaba por entrar. –He de advertirte que hoy vas a sentir un poco de dolor por ser la primera vez, ya que vas a perder la virginidad. Empujó lentamente el miembro y yo noté como poco a poco me iba entrando en mi intimidad, hasta que él paró pues encontró la dureza propia al tropezar con el himen. Entonces me la sacó un poco y de un empujón me la metió esta vez hasta el fondo y no pude evitarlo, solté un grito de dolor tremendo seguido de un inmenso placer al notar su miembro que me entraba y salía. De pronto se levantó y me la sacó diciéndome: –No podemos seguir, pues correrías el riesgo de que te preñara, y ya me dirás, una mujer soltera y embarazada, no caería bien en este bloque de viviendas acá en México, donde todos sabemos la vida de los demás. Ya sabes, no sólo hay que ser honrada, sino que también hay que parecerlo. ¿Y que podemos hacer Carmelo?.
Es que yo me he quedado con mucha gana y es que estaba sintiendo un gran placer. Un placer riquísimo, si vale la expresión. Espera, voy a casa y me traigo un preservativo para que me lo pongas y podamos fornicar sin peligro. Como las puertas de nuestras viviendas están juntas, ni se vistió, y al momento estaba otra vez conmigo en la cama, los dos sentados, con su pene tieso mirando al techo y con el preservativo en la mano. Me explicó el funcionamiento y entre los dos colocamos en el falo la goma protectora. Y nuevamente me colocó en la puerta su pene y con suave empujón y un mete–saca muy bien controlado, empecé a disfrutar de un placer que jamás había soñado hasta que logré mi primer orgasmo. El era como dije muy feo, pero daba gusto practicar el sexo con él. Qué bien lo hacía. Quedamos rendidos, tendidos en mi cama boca arriba, reposando el momento, mientras le decía que quería ver el semen.
Así que él se sacó el preservativo no sin cierto trabajo para no manchar y me lo mostró. Entonces yo, curiosa que soy en extremo, lo toqué, sintiendo en mis dedos un líquido parecido casi del mismo color que la leche muy calentito y pegajoso el que supuse que cuando entrara en el fondo de la intimidad de la mujer debería ser muy excitante. Pero eso a mi me estaba negado, aunque podría tomar anticonceptivos y proponerle a mi vecino otro encuentro para probar su semen dentro de mí.
Pasado unos días coincidimos los dos en el ascensor y se lo propuse y le pareció bien, así que tan pronto tengamos la oportunidad me hará sentir su líquido pegajoso dentro de mí. Cuento los días y he comenzado ya a tomar las píldoras, por si acaso. Pienso que de casarme nada, no tengo porqué quitarle mierda a ningún hombre, ni ser su cocinera y esclava, teniendo a mi feo vecino como mi profesor de sexo teórico–práctico y gran manitas ¿qué más puedo pedir?. Pues para que quiero un guaperas, si seguro que es peor que lo que ya conozco y que me sirve muy bien.